GLADYS LAPORTE, LA ABUELA CUENTA-CUENTOS

24 de marzo de 2010 — CON MOTIVO DE LAS FIESTAS PATRONALES EN HOMENAJE AL BUEN JESUS DE PETARE, SE REALIZO UNA EXPOSICION EN EL MUSEO DE PETARE, BARBARO RIVAS, EN DONDE TUVO PARTICIPACION LA GRAN CUENTA CUENTOS Y PATRIMONIO CULTURAL DEL ESTADO MIRANDA, GLADYS LAPORTE. REALIZADO POR: EDUARDO HERNANDEZ P.N.I.: 5.909 MUNICIPIO SUCRE, ESTADO MIRANDA, VENEZUELA 03/2010

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jueves, 14 de abril de 2011

MUERTO PEORRO. DE GLADYS LAPORTE

MUERTO PEORRO Y MISIA KATY
¡Socoro.! ¡Socoro! Era alguien pidiendo auxilio pero  con la lengua enredada, así con una sola ere ¡Socoro! ¡Socoro!. Nos despertamos todo en la casa con los gritos, estábamos asustados y aletargados por el sueño; ya que aún no eran las cuatro de la madrugada; como mi mamá se llamaba Socorro, creíamos que alguien le estaba llamando, mi mamá se puso una bata y las chancletas y se asomó a la ventana de la sala, sacó la cabeza y nos dijo:
-Cómo que es misia Catalina que me está llamando, afuera hay un gentío, ¿Qué le estará pasando a la viejita a esta hora? ¡Voy a ver que pasa!
Yo ni corta ni perezosa, ya me había puesto un vestido sobre el pijama y estaba buscando mis cholas debajo de la cama, para salir volando detrás de mi mamá, a ver que pasaba.
Misia Catalina, a quien yo llamada misia Katy; era una dama alemana que vivía en una mansión que quedaba en la esquina de mi casa, ella pasaba los días solita porque el marido, Musiú Mateo, trabajaba en una fábrica. Yo le tenía mucho cariño a la viejita y pasé muchas tardes charlando con ella en su casa, yo tenía cerca de nueve años, pero era alta y flaca y del tamaño de la viejita, le había hecho varios mandados y yo era la única persona en el vecindario, que conocía su casa por dentro, ya que ellos no tenían amistad con más nadie.
Como eran alemanes y además el viejo era judío, se comportaban distintos a nosotros y por eso la gente no los quería. Misia Katy cuando yo la conocí debía tener como unos sesenta años, era bajita, muy delgada, derechita, tenía el pelo completamente blanco y  brillaba como filamentos de nylon de pescar, era muy bonita, pero tenía la piel arrugadita; como papel de hacer papagayos de color blanco, que un niño hubiese apretujado entre las manos y después se lo hubiese estirado sobre la cara, tenia lisitas y rosaditas las mejillas que parecían dos chapitas de plástico traslúcido a través del cual se le veían las venitas azules y rojas, la nariz y la boca eran pequeñas y las cejas eran amarillas, desteñidas, (a mi se me parecía a una muñeca de porcelana que se había roto y la habían remendado con pegalotodo en la casa de mi madrina Begoña Velarde.
Misia Katy era muy limpiecita, siempre se vestía con faldas negras o grises, usaba blusas de lino blanco con los cuellos bordados y siempre usaba suéter, porque en Caracas, antes, siempre hacía frío, además usaba unas medias tobilleras blancas y unos mocasines negros, utilizaba unos lentes con aro de oro para coser o leer, todo el tiempo cargaba un collar de perlas de una sola vuelta en el cuello y unas piochitas de oro en las orejas, sus manos eran finas y largas de unas uñas arregladas, pero sin pintura, siempre andaba bien peinada y oliendo a colonia fina, era la antítesis de su marido Musiú Mateo Bronferharmer, alemán y judío de religión, era dueño de una fábrica de fluxes para caballeros (mi mamá cosía en casa, los forros de los paltós, ella me enseñó a coser a mano y entre ella mi abuelita y yo cosíamos hasta cincuenta forros en un día, se los pagaban a medio cada uno y cuando le hacíamos pata de cabra a los cuellos y a los puños pagaban un real, a veces lográbamos hacer hasta dieciséis bolívares en un día, ese era el salario semanal de un obrero en esa época, por está razón nosotros teníamos relación con esa gente) los demás vecinos no los querían, sobre todo por culpa del viejo, porque  decían que él se creía más que toda la gente puesto que era alemán y rico, altanero, grosero y además usurero y explotador de los obreros de la fábrica, al señor Mateo le decían Musiú, porque era costumbre decirle así a los extranjeros; creo que era una deformación de Mesié (Monsieur) que trajeron los franceses y los trinitarios, porque a los ingleses se les decía Míster. Bueno, el Musiú Mateo, era alto y flaco, huesudo, su piel parecía un pergamino que se hubiese manchado con agua, pues tenía unas manchas marrones en los brazos y en el cuello, sus ojos era de un verde claro, como el de las fuentes de “El Silencio”, parecía que tenía limo dentro de las niñas de los ojos; tenía las orejas grandes y la nariz como un gancho, la barbilla en punta y se dejaba crecer una barba que parecía una pepa de mango, después que un muchacho la ha chupado bastante y ha pasado unos ocho días al sol, de ese mismo tono era el pelo, que se dejaba crecer en melenita rala grasienta y sucia, aunque siempre cargaba la ropa limpia, olía muy mal, parecía que no se bañaba nunca, además usaba un par de planchas dentales que le quedaban flojas y le bailaban en la boca cuando hablaba, a veces cuando yo iba, estaba en la casa, vestido con un pantalón viejo y una almilla o camiseta sin mangas y se le veía en un brazo una marca con un número y una estrella de seis puntas, usaba unos lentes con el aro de metal plateado (a mi se me parecía al Judas de mi catecismo) a pesar de que el viejo era rico, su aspecto era de pobre muerto de hambre, yo le tenía pavor, pero el viejo no se metía conmigo, ni me hablaba; Misia Katy me decía que no era malo, sino que había sufrido mucho y que desconfiaba de la gente, que los dientes se los habían arrancado los nazi cuando él tenía veinte años y no le habían puesto anestesia.
Todos los muchachos del barrio y entre ellos yo, acostumbrábamos a tirarle pelotas a la puerta de su casa, nada más que “para gozar un puyero”, pues cuando el viejo oía el pelotazo salía caliente a insultarnos con su media lengua de alemán y español, como tenía la voz ronca y gutural,  hablaba muy lento, remarcando las enes y erres y alargando las vocales a nosotros no encantaba lo raro y sabroso que hablaba el viejito, no nos importaba perder una pelota de Spalding, con tal de oír al viejo cuando nos decía:
-Marrddddiitooos iiindigénas, neegrrrrooos deee laaa mieeerrrdaa, yoo vaa a cortáa bolaas a todo muchachos y va a echá peerrrros pa que coman vayaa a echarrrr vaina casa de madrrrre suyaaa
Y se metía para su casa batiendo la puerta, mientras tanto nosotros en la calle, escondidos detrás de los carros nos orinábamos de la risa disfrutando de lo lindo.
Si la pelota rebotaba y caía para afuera, se la tiraban tantas veces hasta que por fin el viejo la agarraba y la metía para su casa.
Muchas veces yo le pedí una pelota de esas a Misia Katy y se la volvía a dar a los muchachos amigos para que esa noche se la tiraran en la ventana del viejo y tener diversión en la calle. Este señor era tan apretao que no trataba a nadie, por ejemplo mi mamá iba a buscar la ropa que él traía en su camioneta de la fábrica y después de cosida, se la llevaba de nuevo, pero nunca nos habló, Misia Katy era la que entregaba y recibía la ropa en la puerta de su casa y le pagaba a mi mamá, yo oía hablar al viejo con Misia Katy pero jamás se dirigió a mí.
Este trabajo se lo conseguí  a mi madre, una tarde en que Misia Katy estaba bordando  le dije que mi mamá cosía a mano y bordaba bien bonito y que estaba en esos momentos cosiendo pantalones de una fábrica para ayudarnos económicamente, pues estábamos pasando necesidad, porque mi papá se había ido de la casa perseguido por la Seguridad Nacional porque era comunista, cuando  le conté esto a Misia Katy, me ofreció darle trabajo de la fábrica de su esposo, ella se puso a llorar y me dijo que el papá de ella también había sido perseguido porque era católico y había ayudado a unos judíos amigos a escapar de Alemania, cuando ella era joven tuvieron que irse huyendo para otro país, creo que a Polonia, y allí agarraron a su padre y sus hermanos y se los llevaron a un campo de concentración con los judíos y jamás volvió a saber de ellos, su madre se puso loca del sufrimiento y murió en un hospital en Francia, luego cuando quedó sola en el mundo unos amigos la montaron en un barco de inmigrantes, disfrazada de hombre y llegó a Cuba, allí trabajó en una casa de familia alemana y conoció al Musiú Mateo, que era el sastre del dueño de la casa,  me contó que él nunca la enamoró, que un día le pidió que se casaran y ella se casó porque no podía seguir sola en la vida, que ella tenía como cuarenta años y el Musiú Mateo como sesenta, se casaron sólo por el civil, porque eran de religiones diferentes pero ni ella ni su esposo las practicaban  porque estaban bravos con Dios. (Cuando yo le referí esto a mi abuela, me dijo que esa gente era del demonio, porque uno no podía estar bravo con Dios por nada que le pasara, porque Dios no tenía la culpa de la maldad de los hombres). Misia Katy también me contó que ellos eran de clases sociales diferentes, ella era de familia bien y el Musiú era de familia de comerciantes y él se había hecho sastre en un campo de concentración de donde le sacaron cuando se murió Hitler, también a él  le habían matado a su familia. Después el Musiú se la trajo para Venezuela y adoptaron a dos niños alemanes huérfanos y los criaron como hijos, ya estaban casados y vivían en los Estados Unidos. El Musiú Mateo fundó su fábrica de ropa para hombres y esto le daba bastante dinero y también empleaba a obreros de este país y a extranjeros, ella me decía:
-Mateo bueno, perro no tiene clase.
También me contó que no se acostumbró nunca a vivir con él, que no compartía nada con ella de sus gustos y aficiones, pero la dejaba comprar todo lo que le gustaba y ella le atendía en todo lo que él necesitaba, no tenía mujer de servicio y todo lo hacía sola. Al principio sufrió mucho, porque no tenían amigos y vivía muy solitaria, pero que llevaba una vida secreta interior que le daba muchas satisfacciones, tenía por hobby escribir cartas a sus familiares y amigos en Alemania, pero como no existían, el correo se las devolvía y ella al recibirlas, se hacía la ilusión de que se las estaban contestando los destinatarios y por eso se alegraba y las leía de nuevo y luego las guardaba en un cofre que tenía en su saloncito privado.
Mi relación con esta gente comenzó en el año cincuenta y dos, cuando se mudaron al barrio.
Cuando llegó el camión con la mudanza causó sensación en el vecindario, porque era un conteiner tan grande como una casa, yo estaba cerca del camión y me le puse a la orden a la señora para ayudarla a meter los corotos, la señora me aceptó encantada y empezó a darme pequeñas cajas para que yo las fuera llevando, cuando terminamos de bajar las cosas me regaló diez bolívares y me invitó para que fuera al día siguiente para que la ayudara a arreglar las cosas. Cuando llegué a mi casa con los reales, mi abuela me preguntó que quién me los había dado y yo le dije:
-Me los gané, bajando una mudanza.
Mi abuelita me regañó y me dijo que una niña decente no andaba haciendo trabajo de varones, que desde que mi papá se fue y mí mamá tenía que ir a trabajar me había vuelto una realenga, después me agarró por una mano y me llevó a la casa de Misia Katy y le preguntó si ella me había dado ese dinero; pues si me lo había robado, mi mamá me iba a matar a palos, la señora le dijo que sí, que me lo había dado y además le pidió permiso para que me dejara ir por las tardes a su casa para ayudarla, mi abuela le dijo que si y se quedó encantada con la alemana, después se mandaban dulces y yo era la lleva y trae.
Me encantaba ir por las tardes después de la escuela a la casa de Misia Katy, pues esa casa parecía sacada de un cuento de hadas, estaba decorada como una que salía en un libro de inglés que me regaló mi papá una Navidad.  Ayudaba a misia Katy a sacar cosas pequeñitas de las cajas y las íbamos colocando sobre las mesitas, había adornos de todas clases, flores, muñecas de porcelana blanca y azul, floreros, lámparas, candelabros, copas, parecía una tienda de regalos finos, yo me sentía un poco dueña de aquellas cosas y le contaba a los muchachos en la escuela que esas cosas y los muebles eran de mi casa, una vez la maestra se lo dijo a mi mamá y me dieron una paliza por mentirosa y ya no me dejaban ir tanto para casa de Misia Katy.
La casa era la más grande del barrio y como estaba en una esquina la sala no era cuadrada como la de las demás, sino redonda, tenía solo tres paredes y a mi me parecía la cosa más extraña del mundo y sobre todo la forma como la señora acomodó los muebles que eran grandes y de estilo Luis XV, se parecían a los de un museo, el juego de recibo constaba de un sofá, dos butacas y como siete mesitas y la mesa de centro, los espaldares de las sillas estaban cubiertos con una tela que se llama gobelino, los asientos eran grandes y mullidos; cuando me sentaba casi me hundía en ellos. La señora Katy, había puesto cojines de seda y de raso por todas partes, en las dos mesas al lado del sofá había dos lámparas igualitas y debajo estaban unos portarretratos de plata martillada, con fotos de la familia, los niños pequeños, la pareja en la Habana, la pareja en un barco, puros recuerdos, de cada foto Misia Katy me hacía una historia que alcanzaría para llenar un libro completo, cuando  me quedaba sola en la sala hablaba con las gentes de las fotografías y con las figuras de porcelana que casi todas eran de color blanco y azul con una orillita de oro, eran chinas e inglesas y alemanas, en otra mesita estaban puestas unas cajitas de metal de diferentes formas y colores. La señora me decía que esa era una colección de pastilleros, que ella había tenido una igualita en su casa de Colonia, pero que se habían perdido, en otra mesita, había un bol de cristal con agua y en ella flotaban pétalos de rosa, en la parte de abajo había una colección de objetos del mar, conchas, caracoles y piedras.
. Misia Katy me dijo que todos esos muebles los habían traído de Cuba y habían estado en tres casas donde habían vivido antes. ¡Ah pero la navidad! Lo que me fascinaba era la cocina, creo que así debe ser la cocina de la esposa de San Nicolás, la ventana daba para el jardín de la calle y allí estaba el fregadero que era un mueble de peltre blanco con dos grifos plateados y por las llaves salía el agua corriente, (nosotros fregábamos en dos poncheras de aluminio que habían traído mi padrino del cuartel y el agua la teníamos en pipotes o barriles forrados de cemento por dentro) en las ventanas estaban unas cenefas verdes pintadas con flores rojas y blancas, las cortinas eran de organza con faralaos y encajes, la cocina era grande y blanca y tenía horno, era a kerosene pero el depósito de frasco no se veía por fuera porque estaba colocado dentro de la cocina, la marca era Tappan, (yo me imaginaba Tappan, porque tapan todo lo feo de una cocina), la nevera era marca Westinghouse era blanca y pequeña y en el techo tenía el motor metido en una bola grande como una esfera (del mundo).
Más arriba el cuartico de Misia Katy, allí tenía el cofre con las cartas que ella se escribía, en una mesita tenía un tintero, plumillas, papel rosado y sobres, en otra tenía tinta china y pinceles. Pintaba cuadritos miniatura. En la pared tenía un solo cuadro que abarcaba toda la pared y ella me decía que esa era la Diana Cazadora bordada en un gobelino francés, cerca del sofá tenía un osito tirado en el piso y un rincón lleno de muñecas de losa con caras que me asustaban porque parecían niñas de verdad. El dormitorio principal sólo tenía una gran cama y dos mesas de noche con lamparitas, al lado estaba un cuartito con la peinadora, Misia Katy decía que era el vestiér.
Todas esas casas fueron construidas en tiempos de dictadura de Marcos Pérez Jiménez y eran usadas como burdeles para las prostitutas finas del régimen, eran como doce ó catorce casas-quintas. En lo que llegamos nosotros, es decir.” la chusma” a vivir a la prolongación de la avenida, vendieron las casas a personas que tuvieran recursos económicos y es por eso que en mi barrio convivíamos pobres de solemnidad, venidos a menos y clase media alta, mi papá decía que era un barrio de pequeños burgueses.  .
Mi mamá salió corriendo para la calle, y cuando llegó a la casa de Misia Katy, ya estaban arremolinados muchos vecinos debajo del balcón. El comentario  era un bochinche, la gente se reía y decían que no entendían lo que decía Misia Katy, que si sería un ladrón o un ratón, las carcajadas se oían en toda la calle, cuando aparecimos nosotras la gente nos hizo espacio para que mi mamá se comunicara con la Misia y decían:
¡Socorrito si la entiende! además ella es la única que la trata por aquí.
Mi mamá se acercó (y yo detrás de ella) y le preguntó:
-¿Que le pasa Misia Katy?
-¡Oh, Socorito, que se me murió mi Mateo al lado, durmiendo!
-Bueno Misia Katy, baje y me abre la puerta para ver que podemos hacer.
Los vecinos se fueron poco a poco a terminar de dormir y ninguno se ofreció para ayudar, decían:
-Así como vivió ese perro judío, así murió -se iban -da lástima la pobre vieja porque ella no es mala, pero que va, el que no me invita pa' su fiesta no le voy pa' su velorio, ¡Qué cará!
Al rato bajó Misia Katy y nos abrió la puerta, mi mamá y yo pasamos y detrás de nosotros pasó Asunción Kalmazar, que era la mejor amiga de mi mamá. Pasamos y Misia Katy me abrazó, me apurruñó, me besó con su boca hedionda sin lavar y me bañó la cara y la cabeza de lágrimas y mocos, sinceramente ese día me iba muriendo del asco, hoy día, escribiendo este cuento he llorado por los recuerdos, pero esa mañana confieso que no sentí compasión, ni por el muerto, ni por Misia Katy, porque me daba rabia, haberla visto en esas condiciones, toda despeinada y hedionda a boca y con esa bata tan horrorosa, en está época yo tenía trece años y no sentía nada por nadie, estaba reñida con el mundo y eso que yo conocía a Misia Katy desde que tenía nueve años, y le tenía cariño, pero ese día no se que me pasó, no lloré, ni me emocioné, ni me asusté; nada. La viejita seguía llorando y apretujándome y bañándome de mocos, yo era más grande que ella ahora y quería quitármela de encima, pero ella me tenía como con garras. Mi mamá subió con Asunción a ver el muerto y le tomó el pulso y le dijo a Doña Katy:
-Hay que llamar a la Policía, al Forense y avisarle a los muchachos.
Misia Katy que se encontraba en la cocina conmigo, le entregó una agenda a mi mamá y le dijo que buscara los números de teléfono de los hijos en Estados Unidos;( había que ir a llamar a la oficina de teléfonos, pues aún no había discado directo internacional) Matheus y Margareth, para que vinieran al entierro de su papá. A todos estas Asunción había hecho café y nos estaba dando cuando tocaron a la puerta y era la policía porque algún vecino había llamado avisando que había un muerto, revisaron el cadáver y se fueron, como a las ocho llegó el médico forense, éste firmó el acta de defunción por infarto al miocardio y les dijo a los de la funeraria que podían arreglar al difunto en la urna para el velorio (antes la  gente no velaba a sus muertos en la Funeraria, sino que lo hacían  en las salas de las casas. Los de la compañía traían el catafalco, las cortinas, el Cristo, los candelabros, las velas y las sillas negras con asiento de esterilla. Me senté en el descanso de la escalera desde donde veía al muerto en la cama porque mamá no me dejó pasar, allí estaban los de la funeraria, mi mamá se ofreció a bañarlo y acomodarlo, al momento de levantarlo para quitarle la ropa lo sentaron, el muerto abrió los ojos y  la boca, echó un gran eructo y se tiró un peo grandísimo, el negrito que lo había sentado se puso gris y lo dejó caer de golpe en la cama, se le pararon los chicharrones de punta como si se hubiera sentado en la silla eléctrica, de repente el acompañante del negrito, que era un hombre alto y gordo, pasó volando prácticamente por encima de mí, que estaba sentada en la escalera, y salió corriendo dando gritos para la calle, mi mamá iba detrás, diciéndoles que no tuvieran miedo que eso era normal en la gente que moría durmiendo. Al fin los dos hombres regresaron y se pusieron a acomodar al muerto, mi mamá le contó a Asunción lo que había pasado y a ésta le dio un ataque de risa que tuvieron que llevarla al puesto de socorro para ponerle una inyección.
Esos días fueron como una fiesta en el barrio, todo el mundo se reía y hacían chistes acerca del “muerto peorro”.  Pero yo no he sentido tanto en mi vida la presencia de lo que llaman soledad, como en ese velatorio, duró como tres días hasta que llegaran los hijos de los Estados Unidos. A esa casa trajeron veinticuatro sillas y sólo se ocuparon cuatro, la de Misia Katy, la de mi abuelita, la de mi mamá y la mía. Por eso a mi me gusta tener bastantes amigos, no quiero pasar por esa tristeza de Doña Katy, ¡Qué sola se sentiría de nuevo!
Una tarde cuando llegué a mi casa encontré un paquete que había traído el correo para mí, dentro de la caja estaba el cofre con las cartas de Misia Katy, el tintero con la base de plata y la pluma de plata, también el collar de perlas y seis cajitas pastilleras. Con un papelito dentro, de puño y letra de Misia  Katy que decía así: PARA MI PEQUEÑA GRAN AMIGA MARGARITA........... DE: KATY.
                                 

                             



                                          
 

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