GLADYS LAPORTE, LA ABUELA CUENTA-CUENTOS

24 de marzo de 2010 — CON MOTIVO DE LAS FIESTAS PATRONALES EN HOMENAJE AL BUEN JESUS DE PETARE, SE REALIZO UNA EXPOSICION EN EL MUSEO DE PETARE, BARBARO RIVAS, EN DONDE TUVO PARTICIPACION LA GRAN CUENTA CUENTOS Y PATRIMONIO CULTURAL DEL ESTADO MIRANDA, GLADYS LAPORTE. REALIZADO POR: EDUARDO HERNANDEZ P.N.I.: 5.909 MUNICIPIO SUCRE, ESTADO MIRANDA, VENEZUELA 03/2010

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jueves, 14 de abril de 2011

"JUAN EL ESCOÑAO" GLADYS LAPORTE

JUAN “EL ESCOÑAO”


La vecina de al lado le dijo a mi abuela:
¡Se están llevando a Juan!,
 Me asomé por la ventana de la sala, y vi que estaban metiendo a Juan en una ambulancia que parecía una jaula de policía, lo estaban sacando de su casa amarrado con unos trapos a los que llaman “camisa de fuerza” se lo llevaron al manicomio, porque y que estaba loco, jamás volví a saber de él. Para está fecha era una señorita grande, ya me había retirado de mis andanzas reporteriles.
Cuando vi esto me provocaba salir y sacar a Juan de la ambulancia, caerles a golpes y  patadas a esos dos hombres que se lo llevaban pero me dolió la barriga y de nuevo fui cobarde. Ya Juan vivía sólo; con dos gatos y dos perros, la casita estaba convertida en una calamidad y las matas del jardín y del patio invadían todo el terreno, porque nadie se ocupaba de ellos. Aquella linda cabaña que en otros tiempos me hicieron verla como una casita de Cuentos de Hadas, estaba convertida en una ruina oscura y enmontada.
Les voy a contar como fue que conocí a Juan y mantuve una amistad con él por varios años.
Una mañana en que iba tarde para la Iglesia encontré en el camino a la mamá de Juan, Doña Carpófora Gualtieri;
-¡Buenos días Doña Carpo!....
-Buenos Margarita ¿Cómo que vamos un poco tarde, no?
-Sí, pero si llegamos antes del Evangelio oímos misa, así dice mi abuelita.
-¡Ah, que bueno!  No sabía eso.
Enseguida le pregunté con mi innata discreción
-Doña Carpo, ¿Por qué si usted es vieja viene a oír la misa de los niños y no la de seis de la mañana como mi abuela?
-¡Ah, Margarita! porque nuestro Señor dijo que si nos volvemos como niños entraremos al reino de los Cielos.
-¡Ah! ¿Por eso?
Seguí a Doña Carpo a paso apurado, mi corazón no cabía en mi pecho, tenía tal emoción, que me quería doler la barriga, era mi oportunidad de conocer y tratar a esta señora, de ir a su casa y ver como era, era una sensación única y fascinante de pavor y a la vez, algo que no podría describir aún hoy día; está sensación como de vértigo una mezcla de valor y audacia con temor. Esa curiosidad por la gente diferente, por la gente anormal, cuando me llamaba la atención alguien, no descansaba hasta conocer toda la historia de su vida,
¡Por qué ella tenía ese nombre y ese apellido tan increíbles ¿ De dónde era? Y los hijos ¿Por qué eran tan raros?
Todas estas interrogantes tendrían su respuesta poco a poco a lo largo de los años. Ningún niño del barrio se hubiera atrevido a hablarle a Doña Carpo, menos a su hijo Juan, la gente decía que ellos comían niños, que la señora era bruja porque preparaba medicinas con plantas y que Juan era hijo del diablo.
Comencé a buscarle conversación a la señora y le dije:
-Doña Carpo ¿Usted tendrá en su jardín flores de saúco? Es que mi hermanita amaneció con fiebre y mi abuela me dijo que si encontraba le llevara unas flores para darle con leche a la niña.
-¡Sí, como no! Ahora de aquí a un ratito las cortaré e iré a llevárselas.
-No, Doña, no se moleste, que  voy con usted y se las traigo.
-Bien, ¡Vamos!
Apuramos el paso y  me escondí al lado de la señora cuando pasamos por el frente de mi casa; no fuera a ser que alguien me viera y me llamara. Como trece casas más arriba. Por la acera de enfrente de mi casa en la “pata del cerro”, quedaba la casa de Doña Carpo.
La señora abrió la puerta del jardín y pensó dejarme allí en la acera esperando pero  le metí el pie y no le permití que cerrara, ella por cortesía, me mandó  a pasar. Entré a un jardín encantado, a un bosque como el de Hanzel y Gretel, pues tenía bruja y  jorobado para completar. Por muchos años estuve visitando este escenario los domingos por la mañana, en que escapaba después de misa a la casa de Doña Carpo. La verja de la casa era de palos de Pata de Ratón que ya habían retoñado y florecido, con sus hermosas macetas de flores rosadas y cuajadas de abejorros, en la parte baja y a manera de seto, había matas de Cayenas podadas, de todos colores y variedades, además estaban cubiertas con un alambre de gallinero; esto era lo que se veía por el frente de la casa, pero entrando, había un camino de  grava que iba hasta la puerta de la casa y se repartía en pequeñas veredas por todo el patio para no pisar las matas. El jardín se dividía en dos partes, en el lado derecho había árboles frutales de todas clases y en el izquierdo plantas medicinales y de adorno. En la entrada de la cabaña estaba una gran mata de Campanas Blancas, que parecían un árbol gigante de Navidad, más a la derecha estaba una planta de Amapola roja, de la que a veces colgaban miles de gusanos amarillos y negros, que parecían collares, una mata de Clavellinas Amarillas, un Apamate Rosado, un Sauce Llorón cerca del tanque que estaba lleno de pececitos de todos colores que saltaban y brillaban,  estaba embobada cuando la señora me dijo:
-Voy a guardar el velo y el misal y ya salgo para darte las flores de saúco.
Fue cuando vi la casita, era de tablas sobre tablas, parecía persiana veneciana, estaba pintada de verde y la puerta estaba recubierta con tela metálica, para que no entraran los zancudos, esa casa no tenía ventanas por el frente. Miré para el otro lado del jardín y pasé para esa parte, allí cerca de la batea de lavar, clavada en un árbol de mango, estaba una tablita a manera de repisa, arriba estaba un trozo de espejo y sobre la tablita una lata de sardinas vieja y oxidada y con huequitos por debajo como jabonera, con un trozo de jabón azul “ Las  Llaves”; todo lleno de espuma, una brocha y una máquina de afeitarse los hombres, toda enjabonada, arriba en una rama, una toalla blanquísima,  en una horqueta estaba una ponchera de peltre y en una tabla más abajo la jarra, parecía un aguamanil rústico En el  piso había montones de latas de todas clases llenas de tierra y usadas como porrones de matas con flores de Bella De Las Once, Novios, Primaveras, Coquetas, Mala Madre, Lengua De Suegra, Repollitos, Buena Suerte. De los árboles de fruta pendían Orquídeas que florecían blancas, amarillas y moradas, de los Naranjos Y Limoneros pendían latitas de aceite de oliva a manera de cestas con helechos: Helecho Tinajero, Cacho De Venao, Peine, Cola E Pescao, Nido De Amor, Moño De Negra, todos estos nombres los aprendí con Juan más tarde y me enseñó a cultivarlos. El huerto de las plantas medicinales estaba detrás de la casa en el corral, en el cerro; pero eso lo conocí después. Si uno iba metiendo la vista por entre la umbría, veía mas macetas de flores de Coquetas y Conejas,  Jazmines, Ilusiones Blancas, Anturios,  Calas, Raqueles  y Malangas de ojales que cubrían todo el tronco de los árboles a quienes cubría un especie de neblina brillante y blanca y se iba transformando en colores suaves: azules rosados y morados. Aquello era una selva en miniatura, cubierta de plantas bellísimas, árboles grandes e infinidad de flores; en el piso había unas pequeñas zanjas llenas de agua llamadas acequias; para mantener la humedad de las matas, los suelos eran de tierra, pero bien barridos y sin una greña de hojas o de sucio. Como  estaba observando todo esto de pie, ya me estaba cansando, entonces alcancé a ver una pipita pequeña volteada y me senté allí como si fuera una silla, seguí mirando y mirando y en eso un rayo de sol iluminó una puerta blanca, me paré y fui hasta allí, era como un pequeño cuarto construido de madera de esa con que cubrían las neveras y las lavadoras que tenían un letrero negro que decía HANDLE WITH CARE y que venían de lejos por la Guaira, detrás de la puerta, un agujero negro hacia adentro; casi no se veía nada, me asomé bien a la puerta del cuartucho y entonces lo vi, allí estaba Juan con media cara enjabonada, lo saludé y me contestó con un gruñido y tuve el valor de decirle:.
-¡Salga Juan, salga y termine de afeitarse¡  Que  no lo veo .
-En eso salió Doña Carpófora y me llamó
-¡Ven acá Niña!, Que voy a darte las flores, ¡Deja a Juan! ¡Que a el no le gusta que lo molesten y le da pena que lo vean así!
-¡Hasta luego Juan¡ Y sonreí.
No se de donde me salió sonreír, ya que estaba petrificada de miedo, cuando Juan salió del cuartucho, creí que iba a comerme o quien sabe que otra cosa iba a hacerme. Esa sensación tan maravillosa de pavor, alegría, miedo, vértigo, eso que hace que todo se me ponga negro por una milésima de segundo y pierdo el conocimiento y parece que estuviera flotando,  le vi la cara a la luz de las once y media de la mañana, estaba sonriéndome con su enorme diente que tenía sembrado en mitad de la encía morada, parecía que tenia un trozo de berenjena cruda con un ajo amarillo atravesado, metido en el centro de la boca. Aquel hombre alto, era marrón como la canela, tenia la cara grande y parecía tallada en un coco con su caperuza que se ha secado en la playa debajo de unos rastrojos, los pómulos salientes, las cejas gruesas y las pestañas como las del burro del frutero, largas y rizadas, el pelo era negro, liso y como pegado en la cabezota, con el corte de totuma, pero la cara de Juan no asustaba, se me fue pasando el miedo poco a poco, porque sus ojos irradiaban luces, parecía que sonreían, había ternura en su mirada y una tristeza muy honda, infinita que lo traspasaba, me daba un sentimiento como de lástima. Juan volteó y me dio la espalda, era flaco y desgarbado andaba sin camisa y con un pantalón negro, cargaba una toalla blanca a manera de bufanda, entonces Juan se paró frente al espejo para terminar de afeitarse y en ese momento se le cayó el paño, se agachó a recogerlo y se le vio la joroba.
¡Aquella joroba de Juan! era la que ahora conozco como el omoplato, pero les aseguro, que no era nada común y corriente, parecía un ala grande, un ala de ángel. Porque en ese momento descubrí que Juan era un ángel, seguro que había nacido en el cielo, pero como dicen que a Dios no le gusta nada, mocho, ni cojo, ni mucho menos jorobado, seguro que se lo envió a Doña Carpo como hijo; para que lo criara. Juan era requetefeo, tan feo que cuando  estudié bachillerato descubrí un retrato de él en el libro de historia del arte, se llamaba la Gárgola, así era de feo Juan, pero no asustaba.
Además era cojo de un pie, por eso en el vecindario lo llamaban “Juan El Escoñao”; la gente decía que estaba loco, porque el iba murmurando solo cuando iba y venía por la calle para su trabajo, a diferencia de todos los locos que conocí en Caracas ¡Y mire que conocí “locos”! Con este nadie  “se metía”, ningún padre dejaba que sus hijos chulearan al “Escoñao”, ni le faltaran el respeto, porque le temían a las maldiciones del jorobado. Al que se metía con “JUAN EL ESCOÑAO”, le caía la “pava ciriaca”.
 Doña Carpo era una viejecita blanca, pero tan blanca que parecía rosada, la gente le decía, “ albina”, tenía los ojos como azules o verdes, pero usaba lentes oscuros y el pelo blanco como algodón de azúcar, la señora no era tan fea, pero a pesar de ser tan blanca, tenía la boca con bemba y la nariz ancha como la gente negra,  pequeña y delgada, una señora rara, me dijo que su papá era italiano de una isla que se llama Pescara, y su mamá una negrita de Choroní, que habían sido once hermanos, que sus papás se casaron, pero que un día su papá se fue para Italia y no volvió más, ella se vino a trabajar de sirvienta para Caracas y se casó con un señor  dominicano, que se murió porque le cayó encima una grúa de esa que llaman “señorita”. Que los dos hijos que ella tuvo le salieron así por las “taras” de familia, pero  me preguntaba que tendrían que ver esos animalitos con los hijos de Doña Carpo.  ¡Ah! Por que el otro hijo se llamaba Armando y le decían Armando Trampas. También era medio torcido, flaco y desgarbado, medio blanco, pero tenía el pelo casi chicharrón, la barba y los bigotes con canas, tenía la cara delgada y no era tan feo como Juan, mas bien era gracioso y como hablaba rápido y con la lengua mocha, a nosotros nos gustaba escucharlo, más los sábados que se emborrachaba y venía repartiendo caramelos jugando con los muchachos. Armando era alegre y estaba casado con una mujer en el otro barrio, el venía poco a ver a su madre, porque decía que ella consentía mucho a Juan y lo malcriaba. Él era albañil y hacía trabajos por el barrio, pero le quitaba dinero adelantando a la gente por la labor y los sábados se los bebía en caña, entonces el lunes le pedía a otro cliente y así trabajaba, de ahí le venía el sobrenombre.
Después de mi aventura aquel primer domingo en que llegué a mi casa como a las doce del mediodía, mi abuela se puso contenta por las flores y la fregosa que le había traído porque eran buenas plantas medicinales, pero cuando me preguntó de donde las había sacado casi le da un infarto.
-¡Muchacha loca! ¿Qué fuiste a hacer para esa casa?
-A buscar las matas.
-Muchacha y tu de verdad que no le tienes miedo a nada ¿Y si te hubieran comido?
-¡Ay, abuela que usted no es boba, usted sabe que esa gente no come muchachos! Me encogí de hombros y pensé:
-Tengo que inventar algo para volver a esa casa, sólo vi el jardín tengo que verla por dentro.
Otro día fui a buscar unas flores de Ilusión, la señora Carpófora no estaba en la casa, me atendió  Juan, y me preguntó:
-¿Que vas a hacer con flores de Ilusión, un remedio?
-No -contesté- Es para ponerle a los santos y meterlas a secar en mi misal, me gustan mucho esas flores.
-¿Sólo para eso? Mira niña, las flores no se le quitan a las matas, si no es para un remedio y hay que pedirles permiso para cortarlas, porque es en ellas donde se encuentra todo el poder de la planta, ellas te la dan con gusto si es para curarte, si no, sienten una gran tristeza, es como si a una madre le robaran los hijos, deben secarse en la mata para que nazcan matas nuevas, mira, ni a Dios ni a los santos les hacen falta flores para nada, porque son espíritus, los santos de palo no pueden ver ni oler nada, porque sólo son estatuas, que no huelen, ni ven, ni sienten, tampoco se le ponen flores a los muertos, porque están muertos y no saben nada de nada. No le pongas flores a nadie que eso es pecado.
-¡Ay, Juan por eso es que la gente dice que tu eres Hijo del Diablo. ¿No crees en Dios?-
-Si creo en Dios, pero no en santos de yeso, ni en cruces de palo. Dios no es así.
A medida que pasaba el tiempo Juan me iba tomando confianza, a veces se sentaba en un pipote volteado, parecía un maestro de escuela de ricos que montaban el escritorio sobre una tarima y desde allí dictaban clases. Doña Carpófora me sacaba una sillita y ella se sentaba en una silleta de cuero y siempre estaba allí tejiendo en una aguja y “cuidándome” me quedaba embobada oyendo “las clases de Juan EL ESCOÑAO”.
En unas de estas escenas de domingo, estaba jorungando con un palito un hueco en la tierra del jardín cuando de repente salieron un montón de lombrices y  comencé a gritar aterradoramente, Juan se bajó del pipote y me dijo:
-¿Por qué gritas así? ¿Tienes miedo? Y reía con su dientote amarillo.
-¡Ay, ay, ay, que horror, que miedo!
-Miedo ¿Por que? Ellas son buenas.
-¿Buenas esas bichas tan feas?
-Si,- respondió Juan, con su voz ronca y pesada,- ellas son muy buenas, abren huecos en la tierra por donde entra el aire que necesitan las matas para respirar y con su pupú abonan la tierra para alimentarla, se comen la tierra mala y la botan buena y avisan cuando la tierra está seca abajo porque salen a buscar agua, si uno se está muriendo de hambre, puede hacer un guiso de lombriz de tierra y uno se mantiene, tiene muchas vitaminas.
-¡Guá! –Dije- Me vomito de sólo oír eso.
Sin embargo aprendí a amar a las lombrices, este conocimiento me salvó la vida veinte años más tarde en el Amazonas.
Otro día corría como loca huyendo de un cigarrón que me perseguía y Juan sonriendo tomó una toalla para ahuyentarlo y me dijo:
-Muchacha miedosa, ¿Tienes miedo de un pobre cigarrón?
-Sí por que pican y se le meten a uno por los oídos, ¡Mátalo! ¡Mátalo!
-¡No, no lo voy a matar, ese cigarrón es bueno!
-¿Bueno?, tu como que eres loco de verdad. Ese bicho negro y feo ¿Para qué sirve ese animalito?
-Si no lo molestas no hace nada, el lo que hace es ir besando las flores; es como un vendedor de cintas y perfumes, el le va llevando polvitos de otras flores para que se pongan más bonitas,  me quedé pensando en el señor que le vendía las pomadas y el Bayrum a mi abuelita, se llamaba Tarsicio, era negro y gordo, se vestía con un pantalón negro, un chaleco negro, camisa blanca y usaba sombrero negro también. Llevaba un maletín de médico, parecía un verdadero cigarrón. Vendía polvos La Negrita, que usaba mi mamá, mentol Davis, Sánalo, pastillas de Zen, Jabón Heno de Pravia y perfume de Pachulí, también vendía polvos Tangee y unos libritos con papel lleno de polvos faciales de Papier Poudré que los hombres se pasaban por la cara para que no les brillara,  pensaba esto mientras Juan decía:
-Sí no hubiera cigarrones no existieran tantas flores bonitas.
Y yo pensaba:
-¡Si no existiera Tarsicio, mi mamá no sería tan bonita!.
¡Tarsicio era un verdadero cigarrón gigante! También se lo llevó preso la Seguridad Nacional cuando fue a cobrar para mi casa.
¡Ah, pero los grillos! No era miedosa en realidad, ¡Pero eso de que a una le salten animalitos por todos lados, no es cualquier cosa!
¡Mi madre!, tamaño alboroto armé sacudiéndome bichos de encima. Pero Juan siempre filósofo me advirtió
-Margarita, los grillos son buenos, ellos tocan un violín para hablar, porque  son mudos y es con su violín que pueden hablar entre sí, con esa música alegran los hogares y alejan los malos espíritus, además en la casa donde hay grillos la madre nunca se va ni se muere. Además ellos le cantan a Dios.
¡Cómo hubiera querido tener un criadero de grillos en casa, ¿Aún estuvieran mi abuela y mi mamá?
-¡Ay Juan! pero que no me salten encima, pídele a Dios que no se me acerquen
-¿A Dios? mira Margarita a Dios no se le puede pedir imposibles, tú estás metida en la casa de ellos, no ellos en la tuya, porque Dios hizo este terreno para ellos.
Cuando Juan hablaba de Dios la madre intervenía temerosa y le decía
-¡Cállate Juan, no seas hereje!
-¡Hereje no!, es verdad. ¿Por qué Dios quiere a uno más que a otros? ¿No y que todos somos iguales? Y hermanos e hijos de él.-¿Entonces por que hizo tan bellas a las hijas del señor Teobaldo y a ti y a mí nos hizo tan feos?- me dijo Juan-
-¡Ah no, a nosotros no! ¡No soy fea y a mi si me quiere Dios!- dije enojada, casi llorando-
-¿Que no eres fea? Eres larga, flaca, con esas patas tan grandes y esos pelos paraos como una escoba vieja.
-¿Y tú? Tú si que eres feo de verdad, con esa cara de coco, ese lomote y esa pata é croche, será a ti que no te quiere Dios. -y me puse bien brava con Juan, estaba rabiosa y le volteaba los ojos-.
Juan puso su mano sobre mi cabeza y me dijo:
-¡Muchacha maluca, se te salió la clase! Era pa' echáte broma nada más, por que tu eres una india bien bonita.
Me puse a llorar con todo el sentimiento del alma, pero no porque me hubiera dicho fea, sino por todo lo que yo  le había dicho, es verdad que el era bien feo, por fuera, pero por dentro era hermoso y bello; la verdad es que me sentía bien maluca por lo que había hecho.
-Mira niña, ya no llores más, que ya pasó. Lo que pasa es que desde chiquito le estuve pidiendo el milagro a Dios que me enderezara el lomo y la pata y nunca me lo hizo, ya llegué a ser hombre y nadie me quiere.
-¡Nadie no! Porque yo si te quiero.
-¡Ah pero eso eres tú! Porque no eres de este mundo,  eres amiga de locos, de vagabundos, de viejos y de gente que nadie quiere. ¡Tú eres una loca más!
-¡No soy loca Juan! Es que  si creo en Dios. El me dice que quiera a todos por igual y más a los pobres y a los feos, porque aunque piensan que Dios no los quiere, el los quiere más que a todos, porque ustedes son buenos pero no lo saben.
Otra vez Juan me decía:
-¡Ay Margarita! Vienen días en que vas a tener bastante real pero no va a haber comida que comprar, ni ropa, ni nada, la gente va a tener ese poco de billetes en la mano y la plata no va a valer nada. Margarita, no comas carnes, porque eso es mortecina, come matas y frutas que eso es salud. Consigue una tierra en el campo y ponte a sembrar, haz un pozo y guarda agua de lluvia para que cuando el hambre y la sequía vengan, tengas para ti y los demás.
Juan bajaba todas las mañanas para su trabajo, siempre iba vestido con un flux de casimir negro, usaba corbata, zapatos y sombrero negros también la camisa era blanquísima y siempre subía o bajaba hablando solo.
Nadie sabía donde trabajaba Juan. Cuando se murió mi tía Juana, me llevaron por primera vez al cementerio y cual  sería mi sorpresa al ver a “Juan El Escoñao” abriendo el hueco de la fosa donde iban a enterrar a mi tía.
-¡Ah, ese era el trabajo de Juan! ¡Sepulturero!.
Otro día en que empezó a llover, tuvimos que entrar a la casa y  dije:
-¡Ay que fastidio, con este pedazo de lluvia! en las ciudades no debería llover, sólo en el campo, Juan me oyó y me dijo:
-¡No seas bruta muchacha! tu no ves como tú mamá lava la ropa, así mismo, Dios con la lluvia, lava toda esa suciedad de esas nubes negras y lava los cerros y las calles y cuando escampa todos queda limpiecito y más brillante y bonito y al final  nace el arcoíris.
Le contesté:
-Sí aquí arriba, pero allá abajo, queda un pantanero.
-Ah, pero es porque la gente, no saben hacer sus casas, en vez de hacerlo en los altos, se van a hacerlas en el fondo de los cañaotes.
Cuando oíamos por la radio una noticia sobre un robo o un asesinato Juan pontificaba:
-Margarita, vienen días en que la gente buena va a estar presa; entre rejas en su casa y los malos, los ladrones y los asesinos, van a andar libremente por las calles, vienen presidentes más malos que este, que van a matar de hambre al pueblo y no va a haber ni remedios, ni comida, ni ropa ni nada. Solo después de muchos años vendrá un hombre bueno que se ocupará de los pobres, pero será como Cristo.
La mamá le decía a Juan:
-¡Cállate Juan déjate de estar vaticinado cosas que no van a pasar! ¡Cállate ya!
Por decir estas cosas era que llamaban loco a Juan.
-¿Estaba Juan loco o era que recibía mensajes proféticos?
Cuando yo tenía como doce años se murió la mamá de Juan y  no pude volver a la casa, porque no había una señora que me cuidara, y una niña no podía estar visitando la casa de un hombre solo, a veces  esperaba en la puerta de mi casa a Juan, cuando venía del cementerio y siempre me traía caramelos, un aguacate, un mango o unos cambures, muchas veces me trajo flores de Ilusión que olían divino, pero mi abuela no permitía que  me comiera un fruto de esos ni que oliera las flores, porque ella decía que estaban “aliñadas” con carne de muerto; ya que eran del cementerio. Las flores mi abuela las colocaba en una lata en el corral y se las ofrecía a las ánimas del purgatorio y las frutas se las daba a los pájaros que llegaban al corral y me  regañaba porque le recibía “regalos” a Juan. Me decía:
-“Mija, hombre que da tabaco viene por la ceniza” A hombre no se le recibe regalo. A menos que sea el padre o el marido de una.
A medida que fui creciendo tuve que ir alejándome de Juan, cuando cumplí quince años, se había muerto en esa fecha un artista mejicano  el quince de abril y como antes se guardaba consideración a la gente importante y querida, mi fiesta la trasladaron para el sábado siguiente, tuvimos ocho días de duelo. El día de mi cumpleaños a mi casa llegó un precioso ramo de flores de Ilusión envuelto en celofán, no traía tarjeta, pero todos sabíamos de donde provenían:
-¡Del Jardín de Juan!
Juan jamás volvió a dirigirme la palabra y cuando venía de su trabajo se bajaba el sombrero hasta las cejas y volteaba la cara para otro lado, varias veces los muchachos me echaban broma y me decían:
-Margarita, Juan El Escoñao, está enamorado de ti.
Les caía a piedra, o con un palo corría detrás de ellos y me ponía a llorar. Cuando cumplí diecisiete años, supe que Juan se había casado con una mujer que se llamaba Gertrude y le decían “caré bofe”, una vieja bien fea, que vivía en el cerro y tenía dos hijos zagaletones, la gente dice que se casó con Juan por el terreno donde estaba la casita y que se le metió allí y como Juan necesitaba una mujer que lo cuidara, ella al fin le quitó la casita y se la vendió a Pedrito Sojo, la vieja se mudó de allí y más nunca se supo de ellos. A Juan lo llevaron para el manicomio.
Hoy decidí escribir este recuerdo, porque anoche me sentí triste, cuando a veces pienso que ya nadie me quiere,  cuando me dormí soñé con un joven hermoso que me amaba mucho con un amor tan grande, sentí que ese joven metió su mano bajo mi cabeza y me dio un beso en la frente, me desperté y el cuarto estaba impregnado de un olor como el de flores de Ilusión. Sonreí y me dije:
-Voy a contar la historia de “Juan El Escoñao” al que le decían loco porque sabía demasiado
-¿O no es así? ¡Ah!     
Después de muchos avatares, por los que pasamos mi país y yo, recuerdo a Juan cuando me decía que iba a venir un presidente que se ocuparía de los pobres pero que iba a ser muy odiado por los ricos.

                              


                                     


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