
En Las Terrazas de Guarenas vivía un hombre que todas las mañanas se levantaba malhumorado, porque un repiqueteo insistente lo despertaba antes de las seis de la mañana y se decía:
-¿Qué vecino usará ese martillito todas las madrugadas? ¿No se dará cuenta que molesta a los que aún duermen? Voy a llamar a la policía para que detecten de cual apartamento es que sale el molesto ruidito y les llamen la atención. ¡Esto no puede seguir así!
Pero al día siguiente volvía a despertarse igual. Esto sucedió como por tres meses. Hasta que una mañana se asomó a la ventana y se puso a oír la ruta del sonido y se dio cuenta que en la lámpara que iluminaba el parque se encontraba un hermoso pájaro carpintero de cuerpo negro, pecho blanco y copete rojo, que se dedicaba a picotear en el depósito de la lámpara de cristal y metal, donde caían las mariposas de la noche que se quemaban con la luz. El hombre lloró de la emoción y le agradeció al pájaro carpintero que fuera su despertador. Todas las mañanas lo saludaba.
-¿Cómo estás amiguito? ¡Puntual!, como siempre-
Un día lo salvó de unos muchachos que ya lo apuntaban con sus chinas.
-¡Hey, tarajallos, cuidado con ese pájaro!-
Luego llegaron los aguaceros y el pajarito no volvió más.
-Ya tendrá su nido y familia- Se decía el hombre, que siguió despertando a la misma hora, añorando el repiqueteo de su despertador.
¡Y colorín colorao este cuento se ha acabao!
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